(Sobre los hijos y los nietos del neoliberalismo)

Hay varias maneras de desbarrancar un debate cuando faltan los argumentos. Una de ellas es mezclar distintos planos para descalificar al oponente y situarlo como candidato a diversos oportunismos. Algo de esto ha pasado con la polémica que voy a comentar. Y lo remarco porque está fresca la tinta de la calumnia que otro medio escrito pretendió contra el que suscribe y dos compañeros más acusándonos de un supuesto transfuguismo por apoyar la candidatura de Ollanta Humala. Vamos a tratar entonces, hasta donde se pueda separadamente, vida, academia y política.

Uno
El primer pecado de Alberto Adrianzén y el mío es el de haber tenido una vida entre la academia y la política, con el empeño de reconciliar la lucha por la justicia con la lucha por la libertad, es decir con el empeño de ser socialistas. Además, veinte años de neoliberalismo no nos han domesticado. Efectivamente, como muchos en nuestra generación empezamos la vida adulta entre la academia y la política y seguimos, ya con pocas compañías, porfiadamente en esa misma agonía. En el ínterin hemos visto de todo, claudicaciones y aburrimientos incluidos, hasta esas traiciones que parece temer alguno de nuestros adversarios. Pero estoy orgulloso de lo vivido y orgulloso también de mi generación de izquierda que con su impronta y a pesar de todos los errores ha sacudido ya este país, para bien nuestro y de los que vendrán.

El caso es que para Martín Tanaka y sus ocasionales escuderos, Eduardo Dargent y Alberto Vergara, nuestra vida en el empeño es algo así como un archivo de inconsecuencias y mentiras al cual pueden recurrir en cualquier momento para juzgar nuestra obra académica y cuestionar la idoneidad de nuestro juicio. Sin embargo, Adrianzén y yo no hemos llegado gratis a donde estamos ni le hemos robado a nadie su lugar. Nunca se nos ha acusado de algo impropio ni menos aún somos intocables, como refería Vergara. Yo al menos he dado y recibido batalla sin jamás pedir cuartel porque siempre he tenido la convicción (y sentido el placer) de que por los ideales valía la pena batirse.

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Diario La República